Hoy amaneció lloviendo, parece que la temperatura comenzará a ceder en este sitio, y así como la computadora, mi cerebro funciona mejor cuando hace frio.
Hace falta un café con leche, como el que prepara mi abuela, o uno muy bueno que probé hace tiempo en un pequeño café de la Ciudad de México. También hace falta algo de música, había pensado en John Coltraine o algo de los Beatles (siempre se me antojan cuando está lloviendo), aunque probablemente lo primero que aparezca dará algún resultado.
Ahora quisiera cerrar los ojos y comenzar (por fín) a pensar en algo que tenga algún sentido, por ejemplo, en esa extraña sensación de nostalgia que el frio siempre acarrea. Se que puede sonar cursi, pero es real, no por nada los suicidios aumentan cuando hace frio, y esto no lo digo yo, lo dice mi psicóloga.
La nostalgia, ¿qué es la nostalgia exactamente?, para mi, pobre mortal, es recordar algo que he vivido, o que deseo vivir, gente a la que me encuentro pasados los años y descubro que ya no hay nada sobre qué conversar, las llamadas a mi madre cada semana, las fotografías de Sam a los seis meses, o ese libro que tengo en el librero y no he podido empezar a leer.
Según el diccionario de la Real Academia Española, nostalgia es la pena de verse ausente de la patria, o de los deudos o amigos, y la tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.
Pero que pasa cuando la nostalgia es por algo que nunca hemos tenido, y por algo que jamás llegó a nuestras manos. Algunos me dirían que entonces no es nostalgia, sino añoranza. Probablemente tengan razón, sin embargo, ambos términos me resultan paralelos.
La primera vez que leí a Camus una amiga me preguntó si realmente lo había leído, porque no se imaginaba que pudiera salir del Extranjero sin pena ni gloria, pues como dijo, no puedes leer eso y no deprimirte.
La verdad es que para los que en cierta forma nos ha tocado ser un poco extranjeros, la nostalgia tiene dos filos: o nos volvemos un manojo de nervios añorantes de lo que dejamos, o simplemente aprendemos a viajar ligeros y no preocuparnos por lo que queda atrás.
En este caso, es muy difícil para un extranjero viajar con más de una maleta, y si el viajero es un aprensivo, la maleta nunca estará llena, siempre hará falta algo, siempre dejaremos un trozo de nosotros mismos.
La alegría de la nostalgia
La nostalgia puede ser alegre, podemos convivir con nuestro pasado y darnos un baño con el pensamiento en la piel, podemos jugar con los recuerdos y hacer que la vida sea un flash back y un acelere al mismo tiempo. Mi mejor amiga siempre dice que ella es la protagonista de su propia película, mi maestro de teatro en una clase nos dejó buscar un personaje con el que nos identifiquemos, y según Freud, todos tenemos alguna filia con nuestros padres. Así que en realidad, viajar hacia adentro de nosotros mismos, siempre será más escalofriante o imprevisible que cualquier viaje a otra ciudad.
Por ahí podemos empezar, por volvernos extranjeros de nosotros mismos.
Hablando por mí, la nostalgia casi siempre me ha parecido un sentimiento muy grato para vivir, una forma de ser y de estar, al mismo tiempo, en todos los sitios dejados y los que me esperan. Tal vez por eso me empeño en cargar con todos mis libros a donde me lleven, pues cada libro encierra una historia más allá de la que cuenta, tal vez por eso, coloco siempre mis fotos junto a mis libros, porque son, al final de cuentas, parte de la familia que me he ido haciendo y dejando la mayor parte del tiempo.
Si mis queridos lectores amanecieron hoy con algo de frio, o por lo menos un poco menos de calor, salud con el cafecito caliente.
